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La violencia de género es un instrumento de control, dominio y sometimiento que tiene como objetivo imponer las pautas de comportamiento que el hombre considera que debe tener la mujer con la que mantiene una relación. No tiene como fin hacer daño por hacerlo sino ejercer su dominio, imponiendo un modelo de relación de pareja desigual, que le da poder y privilegios. Aunque la pareja no emplee conductas que se identifican como violencia, la presencia de conductas de desigualdad, son manifestaciones tempranas de que se está instaurando la violencia de género. 

La violencia de género, además de dañar a la mujer que la sufre, puede generar una fuerte dependencia emocional. La mujer se siente enamorada y entre las reacciones más habituales está negar que se necesite ayuda o negarse a actuar para cambiar la situación. 

La adolescencia es una etapa que se caracteriza por los numerosos y fuertes cambios que se experimentan.. Cambios físicos, en la personalidad, cambios en las relaciones con la familia y en las relaciones con los amigos. Si una chica adolescente está inmersa en una relación de pareja de violencia de género, estos cambios, así como características personales, pueden hacerla especialmente vulnerable. Están en una etapa que implica explorar y experimentar roles y situaciones a las que se exponen por primera vez, como sucede con el rol de pareja, careciendo de experiencia, por lo que es habitual que surjan dudas y confusión. Aunque una chica parezca tener un carácter fuerte, es posible que tras su aparente seguridad se escondan las inseguridades propias de la edad. Pueden sufrir violencia y defenderse de ella agrediendo también, por lo que al verse agresoras tienden a sentirse culpables y a justificar que los dos se agreden por igual. 

Las adolescentes tienden a idealizar el amor. Están muy presentes los mitos que contribuyen a pensar que “el amor todo lo puede”, “que quien bien te quiere te hará llorar”, y que “las personas cambian radicalmente por amor”. Al igual que idealizan la convivencia pensando que cuando vivan juntos todos sus problemas se terminarán. A través del cine, redes sociales y televisión, se aprenden modelos de relación de amor violentos, donde muchas chicas se identifican, como enamorarse del chico “malo”. 

El papel de los amigos/as es muy importante. En este sentido, si el grupo de iguales tiende a normalizar la situación de abuso, dominio o violencia y a restarle importancia, ellas tendrán más dificultades para detectar el riesgo. Por otra parte, las amigas íntimas, se muestran como fuentes de apoyo muy importantes para ellas. 

Todos estos aspectos han de ser tenidos en cuenta por padres y madres a la hora de detectar, orientar y acompañar a una adolescente víctima de violencia de género. Es importante que conozcan que la violencia más usada es la violencia psicológica, que no

va a dejar huellas evidentes aunque puede ser tanto o más dañina que la violencia física. Podemos encontrarnos con estas tres situaciones: 

  • Si ella lo cuenta. Es probable que la relación de violencia esté bastante avanzada, que ella tenga miedo o se encuentre bloqueada y esté receptiva para recibir ayuda. Es importante no juzgarla por no haber pedido ayuda antes, ni presionarla para que facilite todo lujo de detalles de su situación. Lo fundamental es que ha confiado en vosotros como padres o en alguien que la puede ayudar. 
  • Si ella no pide ayuda, pero reconoce que tiene un problema. Es el momento de explicarle que a veces las relaciones de pareja se vuelven poco saludables. Aquí aparecen los mitos del amor romántico, fuertemente arraigados. Hay que escucharla, intentar comprenderla y sugerirle que acuda a un profesional donde la pueden ayudar. 
  • Si a pesar de existir hechos que lo demuestran, pero la adolescente no reconoce que está sufriendo violencia, es el momento de recuperar el buen clima familiar. Es muy probable que las relaciones entre padres e hija estén deterioradas, por lo que tratar de recobrar la confianza es importantísimo para que comprenda lo que le queréis transmitir acerca de su relación. 

Es necesario que como padres seáis comprensivos y estéis calmados, para poder ayudar y apoyarla. Son muy habituales los sentimientos de autoculpa (por no haberse dado cuenta). Al igual que también es muy común culpar a la hija, por permitir la violencia, por no detenerla o incluso “por provocarla”. Esto solo va a aumentar la autoculpa que ya presentan como consecuencia del daño a su autoestima. Que vuestra hija asuma estar sufriendo violencia o incluso que ella os lo cuente y os pida ayuda, no quiere decir que esté decidida a romper la relación. Ella está desorientada y confundida y posiblemente tiene dependencia emocional. Si no tomáis conciencia de esto podéis terminar culpando por su incapacidad de salir del problema. 

Una de las actuaciones esenciales es conseguir que vuestra adolescente acuda a profesionales especializados y que se mantenga en esa ayuda psicológica que se establezca. Esto no suele resultar fácil, por lo que tendréis que ser a la vez flexibles e insistentes. Tanto si ella acepta que necesita ayuda o no, es muy importante que vosotras/os busquéis apoyo para enfrentar esta situación, debido a que buena parte de las actuaciones del maltratador irán encaminadas a alejarla del entorno familiar, ya que esto facilita enormemente el dominio sobre ella, al no poder contar ésta con apoyos, afecto, referentes o fuentes de autoestima. Reforzar el vínculo familiar con ayuda de profesionales será otra buena actuación. Además de trabajar la comunicación asertiva entre vosotros desde el respeto, sin críticas ni juicios de valor. 

Son muchos los casos de adolescentes que acuden a terapia, no sabiendo que lo que están sufriendo es violencia de género. Acuden pidiendo ayuda para solucionar sus síntomas de ansiedad, baja autoestima, sentimientos de culpabilidad, inseguridad,

irritabilidad, tristeza e innumerables consecuencias psicológicas que estas relaciones tóxicas producen en ellas. Relaciones familiares muy desgastadas por los intentos infructuosos de arreglar la situación por imposiciones, normas y prohibiciones que no hacen más que alejar más a su hija adolescente. 

Como padres, os debéis en la responsabilidad de estar alerta a esta situación en la que pueden verse implicadas vuestras hijas, en la mayoría de ocasiones ajenas a su problema real. La ayuda psicológica es esencial y prioritaria tanto en la adolescente como en la familia. 

Lidia López Espinosa 
Psicóloga AO07211


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Son muchos y variados los sentimientos y emociones vividos durante el confinamiento que
la pandemia del COVID19 provocó. Ha sido sin duda una experiencia que pocas personas
imaginábamos vivir alguna vez en nuestra vida. Muchos pudieron vivir este encierro con
todas las comodidades que nos ofrecía nuestro hogar y todo lo que la nueva tecnología nos
presenta hoy en día, canales de televisión de todo tipo, videollamadas, compras online y un
largo etcétera. Solo nuestros mayores, se permitían echar la memoria al pasado y recordar
épocas muy duras de sus vidas, que ahora incluso podían animar a más de una familia
agobiada por el confinamiento.

Ansiabamos la normalidad, abrazar a nuestra familia, la vuelta al trabajo, la vida en nuestras
calles. Y con el mes de mayo entró otra nueva experiencia, la programación de fases de
desescalada, llenas de nuevas normas a cumplir. Si el confinamiento nos tuvo llenos de
emociones inquietas y miedo a la incertidumbre, en las fases de la desescalada, estamos a
la expectativa. Unos lo están viviendo con el miedo a un posible rebrote, otros con
atrevimiento y confianza plena a las nuevas vivencias, muy distintas opiniones y
actuaciones de todos los que nos rodean.

¿Pero qué es lo correcto? La nueva normalidad bajo mi humilde opinión la debemos
enfrentar con sentido común. Las autoridades nos marcan las fases y normas de esta
desescalada, los cimientos, pero evidentemente no pueden abarcar todas las situaciones y
circunstancias que pueden surgir cada día y en cada lugar. Si en la construcción de nuestra
nueva normalidad, no aplicamos el sentido común, todo volverá a derrumbarse. El verano
2020 se presenta con muchas ganas de vivir nuevas experiencias para nuestros recuerdos,
pero seamos sensatos. Aquí no se habla de seguir viviendo con miedo, sino de
responsabilidad social y sentido común. Nos espera no solo un verano 2020 sino toda una
vida por delante que debemos cuidar


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